El Crocodilo es un cuento del autor ruso Fiódor Dostoiévski, que narra la historia de un hombre que fue tragado por un crocodilo en una exposición, a pesar de eso se mantiene vivo.
El Crocodilo data de un periodo aún prematuro del autor; periodo, ese, de una evolución literaria en que ya no restaban dudas sobre su genio. El mismo no acontece con otras novelas y cuentos – como en El Ladrón Honesto, La mujer Ajena y el Hombre bajo la Cama y Polzunkov -, ya que todos esas datan de una fase de la vida de Dostoiévski del Idiota, obra emblemática de entre aquellas igualmente notables. Sin embargo, esa fase – de sus veinte y pocos años – en que, por así decir, se desconocía aún el rumbo y el valor de la obra del maestro en Humillados y Ofendidos -, es aun así de más satírica y humorística.
Las novelas, esas, escrituras entre 1846 y 1949 – fecha de la prisión del escritor – acusan una correcta desorientação, pues no expresan el realismo de Pobre Gente – su romance de estrena -, ni lo gusto místico del Doble.
En verdad, las novelas de la primera fase de la carrera dostoiévskiana, indiciam el lado satírico y humoral del romancista, roçando de más desenfreada y corrosiva bufonaria, como es en El Crocodilo. (Acuérdese que, en este periodo, Nicolau Gógol daba gracias de su genio en algunas de sus brochuras, y que el realismo era, por así decir, la gran corriente artística rusa, que ni Alexandre Púchkin fue posible renunciar).
En las novelas de la juventud de Dostoiévski, el grotesco, pues, esconde muchas cosas, pero la cosa más importante que ese supuesto grotesco esconde es ese mensaje supremo, según el cual la sublimidade de la vida está en el más improvable destino del hombre, en condiciones ridículas y grotescas de esa criatura condenada a espiar un destino sin remissão.
El Crocodilo acusa esa misma sublimidade por el hecho de un individuo ser deglutido por un crocodilo, como si ahí residiera el busílis de la obra dostoiévskiana por el inverosímil y el grotesco. De un momento para otro, vemos un hombre aparentemente encantador ser tragado de uno traigo por un animal, cuyos puedas simbólicos de su alma y naturaleza derivan de una alusión a los peligros que el hombre es víctima en tiempo de materialismos y ridículas ignorancias.
Durante la narración – en primera persona – de un fiel amigo de la víctima, somos transportados para mundos inverosímeis y satíricos. El narrador cuenta así la desdicha que se abatió sobre su compañero, y, sin embargo, acaba por caer en el más perfecto desconhecimento del estado de aparente ventura dessoutro, a quién devotou gran estima al largo de la vida.