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El Congreso Internacional Anarquista de Amsterdam ocurrió de 24 a 31 de agosto de 1907, en la ciudad de Amsterdam (Holanda), reuniendo delegados de 14 países.
El Congreso contó con la presencia de figuras importantes del movimiento anarquista mundial, de entre ellas Errico Malatesta, Luigi Fabbri, Benoît Broutchoux, Pierre Monatte, Amédée Dunois, Emma Goldman, Rudolf Rocker, y Christian Cornélissen.
La iniciativa de promover el Congreso partió de los anarquistas holandeses y belgas . Mientras los holandeses se entregaron a la organización material del evento, los belgas cuidaron de su divulgación. Los anarquistas franceses se dividieron, con una parte rechazando la idea del Congreso, de tal suerte que la delegación francesa contó sólo con 8 integrantes.
De entre los diversos temas tratados durante el Congreso, se destacaron:
Pero el tema más importante se refirió a la relaciones entre Anarquismo y Sindicalismo . Al final de los debates, fue despertado que el movimiento anarquista debería invertir más en su propia organización, habiendo sido creado un departamento internacional, con sede en Londres [1], compuesto por 5 miembros: Errico Malatesta, Rudolf Rocker, Alexander Schapiro, John Turner y Jean Wilquet.
Un próximo Congreso fue agendado para 1909.
El punto alto del Congreso fue el gran debate teórico entre Pierre Monatte y Errico Malatesta.
Monatte entendía el Sindicalismo revolucionario como un medio y una finalidad en la acción revolucionaria. A través de los sindicatos, los trabajadores podían sostener sus luchas contra el Capitalismo y precipitar su fin por la huelga general; por eso, los sindicatos podrían pasar a ser la estructura básica de la nueva sociedad, donde la solidaridad de los trabajadores encontraría la forma concreta a través de la organización sindical [2].
Por su turno, Malatesta insistió en el hecho de que el sindicalismo sólo podría ser tenido en la cuenta de un medio (y un medio imperfeito) de acción revolucionaria, bajo una rígida concepción de la sociedad de clases, concepción esa que ignoraba que los intereses de los trabajadores variaban tanto que “algunas veces los trabajadores se colocan, económica y moralmente, más próximos de la burguesia del que del proletariado”. Debido a eso, la inmersión en asuntos sindicales, con una fe simplista en la huelga general, no solamente sería irreal, como conduciría los militantes revolucionarios la descuidar de otros medios de lucha y, en particular, a ignorar el hecho que la gran tarea revolucionaria no consistía en los trabajadores paren de trabajar, pero sí en "continuar trabajando por su propia cuenta”.