El anticlericalismo es un movimiento histórico contrario al clericalismo, es decir, a la influencia excesiva de las instituciones religiosas en los asuntos políticos. Su base sostiene que las creencias religiosas pertenecen al ámbito exclusivamente privado del ciudadano y con todo, las organizaciones que las sustentan, al formarse cómo instituciones, ejercen influencias indesexables, políticas y públicas, en el conjunto social. También se denomina anticlericales a los que, manteniendo creencias religiosas, cuestionan el papel de mediador que ejerce el clero en la profesión de fe.
En un sentido estricto, el anticlericalismo es un laicismo combatiente y activo que trata de mantener dentro del ámbito personal las convicciones religiosas. Las derivacións de este pensamiento fueron muchas: en unos casos el movimiento anticlerical fue acompañado de actos violentos contra edificios religiosos o contra las personas; en otros tuvo un contenido más intelectual y político.
Aunque el anticlericalismo existió en todas las épocas, fue en la Ilustración cuando los filósofos, como el incluso Voltaire, atacaron de forma sistemática a la Iglesia católica y a los sacerdotes, siendo una de las más claras consecuencias de aquellos movimientos a expulsión de los xesuítas en países como España y Francia entre otros. El anticlericalismo se incrementó durante la revolución francesa y continuó más tarde con la irrupción del marxismo. En todos los casos, la defensa por parte de la Iglesia de los modelos absolutistas o de las acciones represivas contra los movimientos obreros, así como la tradición de estar del lado del poder político o económico, fueron detonantes del anticlericalismo social. Las manifestaciones anticlericales condenaron de forma tajante a participación de la Iglesia en cualquier ámbito del poder político, así como singularmente la educación.