El Orfeón Catalán es una sociedad coral fundada en el año 1891 por Lluís Millet y Amadeu Vives y fue un orfeón líder dentro del panorama musical catalán. En su desarrollo llegó a ser un referente cultural fundamental en el panorama musical catalán del siglo XX por el fomento de la música catalana, así como para hacer conocer las grandes obras del repertorio coral universal. Como entidad el Orfeón Catalán puso las bases para instaurar un movimiento musical catalán a través de la creación de la Revista Musical Catalana (1904-1936), la Fiesta de la Música Catalana (1904) y la construcción de un auditorio propio: El Palacio de la Música Catalana (1908), instrumentos necesarios, entre otros, para la normalización de la vida musical, y que le permitieron liderar durante muchos años el mundo musical catalán.[1] El Palacio de la Música ha sido la principal sala de conciertos de Barcelona hasta la construcción del Auditorio.
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La idea y la creación del Orfeón Catalán se gestó durante los conciertos que algunas sociedades corales extranjeras realizaron en Barcelona, con motivo de la Exposición Universal de 1888; pero además de este estímulo musical, hay dos elementos más que contextualizan el Orfeón Catalán, y el modelo coral que promovió esta entidad: el sentimiento de catalanidad y ligado a este, la necesidad estética y cultural de crear un estilo propio. Una escuela nacional.[1]
La realización de la asociación se debe de a un grupo de jóvenes entusiastas, concurrentes asiduos al Café Pelayo que solían reunirse todos los días en las mesas agrupadas alrededor del piano, y parroquians todos ellos del quinto piso del Liceo; discutiendo sobre las calidades de las óperas y los cantantes, trabaron íntimo conocimiento con los jóvenes músicos Millet y Vives, los cuales propusieron la creación del Orfeón Catalán, idea que fue acogida con el mayor entusiasmo.[2]
Lluís Millet y Amadeu Vives son secundados por un grupo de jóvenes músicos, como Enric Granados, Jacinto Torcido y Daniel, Joan Gay, Josep Lapeyra, etc., que colaborarán estrechamente con el Orfeón Catalán en los primeros años. La mayoría de ellos son socios fundadores o se harán en los primeros meses. Igualmente, Vives y Millet, tuvieron el apoyo de músicos de más edad y prestigio como Antoni Nicolau, Felip Pedrell, Josep Rodoreda, Josep Garcia Robles y Claudi Martínez Imbert.[1] El primer concierto público se celebró el 1892 y fue organizado por Antoni Nicolau.[3]
Aunque los objetivos artísticos con que soñaban los fundadores y los otros músicos y aficionados que los apoyaron eran muy prometedores, los pocos recursos con que contaron en los primeros tiempos, los dirigió durante algún tiempo una vida muy modesta. Así, compartieron, en condición de rellogats, el local que ocupaba en la calle del Lledó 6 el Fomento Catalanista, entidad creada para ensanchar la base social popular del Catalanismo.
El 1892 había empezado con 65 socios y el 1893 tenía 79 socios y 50 coristas. A la Junta General del 23 de enero de 1893 son elegidos directores perpetuos Lluís Millet y Amadeu Vives, profesor perpetuo Josep Maria Comella y fue elegido por unanimidad presidente de la entidad Joan Millet y Labrador.[4] hermano del maestro fundador, comerciante, y personalidad significada del catalanismo conservador. Joan Millet fue un hombre dotado de un gran espíritu organizador que contribuyó muy positivamente a relanzar el Orfeón Catalán, aprovechando los conocimientos y contactos con personalidades del mundo económico y cultural catalán.
La primera audición oficiosa (de hecho no actuaron con el nombre oficial para no tener claro el resultado) del Orfeón Catalán se acontece el 5 de abril de 1892 cuando 30 cantaires actuaron a Sala Estela (o Bernaggeri), en invitación del maestro Antoni Nicolau. Por esta primera interpretación se esculliren dos piezas: el Ave verum de Mozart , compuesto cien años antes de la fundación del Orfeón, y Boda de aucells, de Garcia Robles. Los coristas, todos hombres, eran mayoritariamente jóvenes extraídos del Centro Cultural de Sant Pere Apóstol, al que Vives estaba vinculado, y de la pandilla dicha Peña del Borne, que se reunía al Café Pelayo. Eran mayoritariamente dependientes y trabajadores artesanos con una cierta cultura y afición musical.[1]
El 31 de julio de 1892 tuvo lugar al Salón de Congresos del desaparecido Palacio de Ciencias de Barcelona el primer concierto del Orfeón con el siguiente programa:
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Enric Granados ejecutó él mismo el piano.[4] La prensa de la época calificó el concierto de forma entusiasta[2] y provocó la inmediata participación del Orfeón en un concierto celebrado el 19 de octubre de 1892, con la recientemente creada Sociedad Catalana de Conciertos. En esta nueva audición, solicitada por Antoni Nicolau, se interpretaron ya dos fragmentos sinfónicos: Fragmentos de Parsifal de Wagner y La marcha fúnebre de la última escena de Hamlet de Berlioz .[1] Empieza así el inicio de una línea estética que el Orfeón Catalán mantendrá en toda su trayectoria: la interpretación de la música wagneriana. El wagnerismo irrumpió en Barcelona de la ma de la Asociación Wagneriana y otros entusiastas entre los cuales destacaron Felip Pedrell, Claudi Martínez Imbert y Joaquim Pena.
En el año siguiente se repitió el concierto el 11 de junio cantante obras Grieg, Mozart, Gade y Mendelssohn , además de varias composiciones de carácter popular originales de algunos compositores catalanes.[5] La prensa empieza a elogiar la calidad por el hecho que se imponga a los orfeonistes el previo estudio del solfeo. Con esto consigue finesas de expresión muy difíciles de conseguir cuando la demasiada coral aprende las obras de oído. El público, que era muy numeroso, premió con sus aplausos los verdaderos progresos realizados por el Orfeón Catalán.[6]
En el año 1893 fue un año difícil para el Orfeón Catalán y para el mundo artístico barcelonés en general. El motivo fue la bomba que estalló al Teatro del Liceo el día 7 de noviembre. Este hecho, además de motivar la cerrada temporal del Liceo, provocó en el público un miedo generalizado a asistir a espectáculos, especialmente en espacios cerrados. Poco a poco el miedo fue cediendo y la vida social y musical de la ciudad volvió a la normalidad.[1] A estos hechos externos se añaden de internos con una crisis económica y de identidad. Los socios marchan, los coristas faltan a los ensayos. La Directiva prueba de responder haciendo más atractiva la vida asociativa fomentando las actividades de ocio, y ofreciendo una o dos sesiones musicales al mes.
La actividad artística del Orfeón durante el bienio 1893-1894 es irrelevante. La prensa no mujer mucha información del repertorio trabajado ni de los conciertos hechos, a excepción del segundo concierto de prueba dedicado a los socios protectores de en el año 1893, del estreno del emigrante, de Vives, en el año siguiente y de los conciertos mensuales al Centro Ampurdanés de Barcelona en la calle Dufort 1.[7] La crisis por la que atraviesa la entidad, no se entrevé a las críticas, favorables todas, de la prensa.
Joan Millet, supo encontrar en cada momento las ayudas necesarias para que el Orfeón Catalán saliera de la migradesa económica y se intal.lés entre las entidades de más solvencia en Barcelona. Durante su presidencia, el Orfeón viajó a Niza (1897) y también al sur de Francia (1901), avanzando personalmente un dinero que la entidad no poseía; pero el más importante es el cambio estructural que se produce en aquellos años en el Orfeón Catalán, iniciado por Joan Millet y continuado por Joaquim Cabot y Rovira. El Orfeón deja de ser un grupo de amigos, con una dinámica de funcionamiento horizontal y asamblearia, para acontecer una organización más jerarquizada en base a las decisiones directivas.[1]
El 18 de febrero el Orfeón participa por primera vez en la velada literaria musical que celebró la Liga de Cataluña, y el 22 de febrero participa en una nueva velada de la Sociedad Artística y Literaria. Ambos acontecimientos también son reflejados ampliamente en la prensa que enaltece a su director Lluís Millet por el extraordinario trabajo.[8]
La crisis de definición parece superada a partir de 1895 , la invitación para participar en el concierto dedicado a Grieg que el Ateneo Barcelonès organizó el 21 de enero, marcará el fin del periodo inicial del Orfeón y el comienzo de una etapa muy esperanzadora en la vida artística e institucional. La prensa señala el éxito rotundo del acto musical.[9] En contrapartida Amadeu Vives dejaba el Orfeón para dedicarse a la zarzuela.
El público empieza a valorar las piezas del selecto repertorio del Orfeón y manifiesta su entusiasmo ante el ajuste, expresión y colorido con que los cantaires interpretan las obras bajo la enérgica batuta de su inteligente director Millet.[10] La figura de Lluís Millet, empezaba a ser identificada con el Orfeón Catalán y en este sentido hay que entender su nombramiento como subdirector de la Federación de Corazones de Clavé. Las actuaciones se amplían fuera de Barcelona, en Badalona, Ripoll, Sitges, Masnou... Pero el 1895 fue importante por otro acontecimiento: la venida en Barcelona de la Capilla Nacional Rusa y la colaboración del Orfeón en algunos de sus conciertos.[4]
Paralelo.lamento, empiezan las relaciones con personalidades culturales y de prestigio catalanas: Adrià Vado, Santiago Rusiñol, Lluís Domènech y Muntaner, Josep Torras y Bages, etc, ampliando y diversificando los horizontes sociales y culturales de la asociación. Como prueba, la invitación que hace el Círculo del Liceo, a través de su presidente Albert Rusiñol (también presente en la junta del Fomento del Trabajo), para participar en uno de los conciertos que dará la Capilla Nacional Rusa, en el primer centro musical de la ciudad. Esta invitación indica no solamente la calidad musical que se reconoce al Orfeón en estos momentos, sino también la importancia creciente que el Orfeón empieza a tener en las ringleras intelectuales y burgueses de la ciudad.[1]
El Orfeón Catalán había empezado como un orfeón sólo de hombres. El 1896 se fundó el corazón de mujeres, bajo la dirección de Emerencia Wehrle y al maestro Josep Lapeyra, y bien pronto se inauguró una escuela de música infantil. Las clases de dos horas a los niñas eran diarias y gratuitas.[11] A partir de este momento consigue reunir de forma permanente un conjunto de voces mixtas (hombres, mujeres, niños) necesarias para la interpretación de cualquier repertorio sinfónico coral. El Orfeón Catalán tendrá que luchar para conseguir actuaciones donde puedan intervenir el corazón de niños y sobre todo el de mujeres.[1] Hay que remarcar la excepcionalidad y el triunfo que supone artísticamente y social, el hecho que las mujeres fueran aceptadas como coristas en igualdad con los hombres, tanto en la Iglesia como al teatro.
El 14 de marzo de 1896 organizaron un concierto al Teatro Principal en agradecimiento a los socios protectores con la colaboración del distinguido concertista de piano Enric Montoriol. El público salió muy complacido.[12]
La entidad y sus dirigentes empiezan a tener un proyecto de futuro, cuentan con recursos económicos suficientes y con el apoyo cada vez más amplio de la sociedad catalana, del mundo artístico y musical, del catalanismo unitario (representado todavía por la Unión Catalanista) y de los sectores dirigentes de la Iglesia Catalana. Este conjunto de elementos, venden reflejados de forma simbólica en la necesidad de dotarse de un estandarte propio: una señera diseñada por el el arquitecto catalanista Antoni Gallissà, y de un himno El canto de la señera, con letra de Joan Maragall y música del propio Lluís Millet. El simbolismo escondido en ambas obras y la voluntad de consagrarlas en Montserrat, la 11 de octubre de 1896 por el obispo de Vic, Josep Morgades, uno de los obispos más representativos del proceso de adaptación de la Iglesia Catalana al estado liberal, y también de la defensa de la lengua catalana, constituyen las piezas claves del simbolismo e ideales que representará a partir de aquel momento el Orfeón Catalán.[1] El acontecimiento congregó en Montserrat una gernació y se caracterizó por un gran fervor religioso y patriótico. Desde este momento, y siempre que se le permitió, el Orfeón iniciará sus conciertos con El canto de la señera. También pronto, las actuaciones del Orfeón acabarán con Los Segadors, que empiezan a tener una dimensión extramusical.[4]
En el año 1897, la entidad ya cuenta con 400 socios.[4] El número de coristas ya era de 100, y todo ello hace que sea necesario encontrar un local más espacioso y adecuado en las nuevas necesidades y al relieve social adquiridos. La nueva suyo se estableció en la Casa Moixó, en la plaza de Santo Justo.[1]
El Orfeón Catalán empieza a acontecer un símbolo del Catalanismo, al conseguir, por medio de la canción popular, hacer llegar al pueblo el sentimiento de comunidad nacional. Las visitas periódicas a las poblaciones catalanas, contribuyeron a la creación de orfeones y corazones locales, que siguieron su impronta musical y catalanista. En aquellos momentos, el Orfeón Catalán sigue el programa de la Liga Regionalista y su estrategia moderada y possibilista respecto al hecho nacional catalán. El Orfeón Catalán se vincula a la evolución social del catalanismo político, y también el posicionamiento ideológico, conservador y religioso, por el que toma partido en todas y cada una de las coyunturas analizadas. El Orfeón respondió a las esperanzas depositadas, a la vez que encontraba un camino propio para crear un modelo asociativo y artístico viable para otras entidades que seguirían las suyas pasas. Pero además, en este camino, aconteció uno de los símbolos más representativos de aquel catalanismo ideal que se refleja en la Unión Catalanista y en las Bases de Manresa.[1]
El 1936 Albert Bastardas y Sampere entró a la presidencia del Orfeón Catalán hasta el 1939 que marchó al exilio debido a la Guerra Civil Espanola.
Las actuaciones por las comarcas catalanas iniciadas en estos primeros años serán además de un estímulo artístico una clara vocación testimonial de aportar por todas partes el espíritu catalanista a través de la música. Esta es una de las razones de la gran popularidad que adquirirá en poco tiempo y también del arraigo del Orfeón en la sociedad catalana. A lo largo de 1896, el Orfeón realizará más de 18 conciertos, en Barcelona y comarcas, circunstancia que se repetirá en el año 1897. Poco a poco se convierte en símbolo de Cataluña, especialmente en los momentos de dificultades y enfrentamientos políticos, de los que el Orfeón se mantendrá casi siempre al margen.[1] El Orfeón Catalán no era una institución pública, pero hacía las funciones, quizás de una manera más arreladament nacional que cabe otra institución. A partir de 1900 , no hubo ningún acto un poco importante de Barcelona en que la colaboración del Orfeón no se considerara indispensable.[13]
Lluís Millet se dedicó tan apasionadamente al Orfeón que el ideario del maestro fue el propio de la entidad. Fue un hombre complejo y contradictorio, activo y eficaz, apasionado y entregado plenamente a la obra del Orfeón. Profundamente religioso y conservador, aun así, siempre pensó y actuar a favor del hombre y del pueblo de los sencillos y los humildes, y no de los poderosos. Millet supo transmitir al Orfeón Catalán la triple finalidad que guió toda su vida: una esforzada ambición artística, moral y patriótica. Así, los grandes pilares entorno a los cuals girarán las creaciones musicales del Orfeón dirigido por Millet serán el canto popular, expresión y muestra de un verdadero arte catalán, el canto religioso y las grandes obras polifónicas de valor universal.[4]
Uno de los pilares del Orfeón era la interpretación de música religiosa, de acuerdo con el ideario de Millet. Bajo su dirección, la entidad participó en innumerables actos religiosos y una parte de sus grandes éxitos pertenecen a este campo. Uno de los primeros fue la Misa del Papa Marcel de Palestrina , a la que siguieron obras de Victoria, Händel, Haydn, hasta llegar a la primera audición en los Países Catalanes de la Pasión según santo Matéis de Bach .[4]
Formó su repertorio básicamente con canciones populares catalanas armonizadas y con polifonía renacentista, clásica y barroca y con las grandes obras simfonicovocals de Bach , Händel (El Messies), Haydn (La creación, Las estaciones), Mendelssohn, Beethoven (Misa solemne), etc, que ha interpretado siempre con el texto en versión catalana.[3]
El corazón de hombres viajó por primera vez fuera de las fronteras catalanas y peninsulares, para participar al Concurso Internacional de Orfeones celebrado en Niza los días 20 y 21 de noviembre, de 1897 . El concurso fue una oportunidad que el corazón aprovechó, resultando ganador del primer premio de lectura a vista, del segundo de ejecución y del tercer premio del concurso de honor, mientras que Lluís Millet fue distinguido con una mención de honor por su dirección, premio que consagraba a ojos de todo el mundo el trabajo artístico realizado, y que le abría las puertas a los contactos musicales europeos. A pesar de todo, la opinión de Lluís Millet era de no asistir a este tipo de actas. Al volver en Barcelona, los reconocimientos y homenajes, tanto a nivel popular como de cariz institucional se multiplican.
A partir de este momento, el Orfeón será solo. licitado por todos los grupos y tendencias de la sociedad catalana, todo el mundo que quiere tener algo a decir en la sociedad catalana, es o se hace socio del Orfeón Catalán. Se produce la entrada de muchos socios protectores que representan varios sectores del mundo cultural: desde artistas católicos conservadores, como los hermanos Josep y Joan Limón, a republicanos de prestigio como Josep Maria Vallès y Limpiadera, sin olvidar elementos burgueses comprometidos al establecer el puente de contacto entre este sector y el catalanismo, como Joaquim Cabot y Rovira, el cual poco tiempo desprendido de ingresar a la entidad se convertirá en uno de los elementos claves. También se incorporaron definitivamente los elementos eclesiásticos comprometidos con el catalanismo ideal y católico, la entrada como protector de Josep Torras y Bages explicita el apoyo incondicional de la Iglesia Catalana verso el Orfeón Catalán. Todas las personalidades artísticas que visitaban por Barcelona pasaban por el Orfeón, entre ellos podríamos citar a Richard Strauss, Vincent de Indy, Charles Bordes, Raoul Pugno, Sarah Bernhardt, etc.[1]
En el año 1899, en medio de la crisis general por la pérdida de las colonias, el Orfeón hará una de las Campañas más importantes a comarcas, visitando Mataró, Sant Feliu de Codines, Vilanova i la Geltrú y Figueres . En Camprodon, la visita pues se hacéis en atención y homenaje al Dr. Robert que veraneaba, patricio que despuntaba como una gran prometida del catalanismo. El mismo año también visitará Palma de Mallorca, cumpliendo uno de los objetivos más deseados del catalanismo unitario: contactar y ligar buenas relaciones con los territorios de habla catalana.[1]
El contexto social y político diseña cíclicamente una actitud prudente del Orfeón Catalán en los momentos conflictivos o de crisis, y una de más comprometida en aquellos otros en que se respira un clima de victoria y esperanza por la causa catalanista. Durante este año de 1899, con la participación catalana en el proyecto Silvela-Polavieja y posteriormente con el amplio movimiento social de protesta y afirmación generado por el cierre de Cajas, se aprecia una actitud comprometida (aunque no unánime), en las decisiones de la junta directiva, en cuanto al apoyo de la entidad a las personalidades y valores de identidad catalana, acusados y difamados por algunos diputados, por la prensa y por los políticos madrileños.[1]
En el contexto traumático de la reorganización de la Hacienda estatal, para hacer frente a los gastos de liquidación de la guerra cubana, se acontece un episodio entre el Orfeón Catalán y la Hacienda Pública. Esta demandaba el pago de una contribución industrial al Orfeón en concepto de beneficios por las clases de solfeo que se impartían. La negativa de la entidad, vendía justificada por el hecho de qué tal actividad no era lucrativa y por lo tanto ni devengava beneficios, ni tenía que ser objeto de contribución. Hay que contextualizar que Barcelona había vivido la negativa de las corporaciones de comerciantes a pagar las contribuciones, en protesta al nuevo sistema fiscal del ministro Villaverde (protesta conocida como Cierre de Cajas). Hacienda no quiso atender a razones y decretó un embargo al Orfeón Catalán. Asesorada la directiva por el abogado Raimon de Abadal y otros profesionales destacadament catalanistas, aceptó el reto dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias testimoniales, convirtiendo el hecho fiscal en un hecho político, que pusiera en evidencia un golpe más el espíritu de persecución contra Cataluña, por parte del centralismo español. Cuando los representantes del fisco se presentaron a hacer efectivo el embargo, sólo encontraron la señera y otros galardones y objetos simbólicos del que representaba la entidad para Cataluña.[1] La prensa barcelonesa protestó enérgicamente por los hechos. La expectación pública, la sorpresa y la indignación que produce el hecho, publicado en todos los diarios de la capital, hace que las autoridades teman una protesta espontánea de consecuencias insospechadas, dado el grado de conflictividad que se vive en Barcelona en los últimos meses. Por eso, el gobernador civil, busca una solución de compromiso a la que se niegan los directivos del Orfeón Catalán. Para evitar nuevos desórdenes en la ciudad, el Ayuntamiento de Barcelona actuó de mitjancer pagando la multa imputada en la entidad y desembargando la señera y los otros objetos confiscados.
El 1901, después de la normativa gubernamental de prohibir Los Segadors, obligan a desestimar ciertas actuaciones a lo largo de en el año por las imprevisibles repercusiones que cualquier manifestación del público asistente a los conciertos pudiera generar. El objetivo era evitar una suspensión gubernativa o sanciones que perjudicaran las actuaciones y desplazamientos.
La entidad sigue intentando convivir entre todas las opciones de los catalanismo. Participa por un lado en el homenaje póstumo del obispo Josep Morgades, que acababa de ser fustigado desde Madrid por su Pastoral en favor de la enseñanza del catecismo y la predicación en catalán, y por otra en la velada necrológica del federalista Pino y Margall. A pesar de las desavenencias en el sí del catalanismo, el centralismo es el enemigo común, contra el cual se tiene que luchar, esta idea es una opinión generalizada, que se vivida en cualquier situación cotidiana, como una lucha colectiva.[1]
En el año 1902, fue particularmente dramático para el Catalanismo por la repentina muerte del Dr. Robert, con quien se habían depositado tantas esperanzas, y también por la larga enfermedad y muerto del gran poeta padre Cinto Verdaguer. El Orfeón Catalán, participó activamente en todos los actos que tanto la Liga como la Unión (así como otras entidades), organizaron en homenaje a las dos personalidades desaparecidas. En el caso de padre Cinto, la actuación se centró en la figura humana del poeta colaborador y amigo, y participaron a lo largo de en el año en todas las iniciativas que se le ofrecieron para homenajearlo.[1]
En estos años de inicio de siglo, se percibe el incremento de socios protectores provenientes de la media y alta burguesía, a pesar de que la base social, los cantaires y sus familiares y amigos, continúan siendo mayoritariamente extraídos de la clase trabajadora (aunque pocos son estrictamente obreros). Este incremento social derivará en un cierto elitismo de la entidad, que se aleja de sus orígenes humildes, y también en una tendencia cada vez más conservadora, caracterizada, entre otras cosas, por una actitud y mentalidad paternalista.[1]
El Orfeón emprendió un ciertamente destinado a potenciar la obra de los compositores locales, la Fiesta de la Música Catalana. La primera edición fue el 1904, y en esta primera convocatoria se promovió una serie de premios dedicados a la música coral religiosa y popular. A partir de la tercera Fiesta (1906), se añade un premio de la Asociación Musical, destinado a una composición para orquesta de cuerda, a la que se irán sumando otras novedades en las próximas convocatorias. A partir de 1907 , dadas las dificultades económicas de la entidad (derivadas de la construcción del Palacio de la Música Catalana), se decidirá espaciarlas y hacer una convocatoria cada dos años. En líneas generales la trayectoria del Orfeón Catalán, responde a la línea innovadora que reclamaba el modernismo, a pesar de que su táctica no fue nunca restrictiva, sino possibilista, y que además no formó parte, estrictamente, del círculo modernista, para rechazar la actuación radical de aquel sector.
En el año 1908 se construye el Palacio de la Música, el nuevo auditorio y casal del Orfeón Catalán, que comportaba un fuerte simbolismo del que representaban las aspiraciones artísticas del momento y en el que colaboraron los artistas plásticos más importantes del momento, dirigidos por el arquitecto Domènech y Montaner.
En el año 1914, el Orfeón Catalán hizo un memorable y exitoso viaje en París y en Londres junto a La Principal de Peralada que acompañaba sus cantos, con Josep Serra y Bonal como director.
Como entidad cultural muy influyente en Cataluña, fue objeto de la represión durante la Dictadura de Primo de Rivera y el 1925, durante unos meses, le prohibieron desarrollar su actividad.
Ha actuado en los principales centros musicales de Europa y América del Sur, colaborando con prestigiosas orquestas y ha sido dirigido, entre otros, por Richard Strauss, Camille Saint-Saëns, Sergiu Comisiona, Pau Casals, Antoni Ros Marbà o Zubin Mehta. Su actual director es Josep Vila y Casañas.
En el año 1999 consolidó su vertiente pedagógica y formativa con la fundación de la Escuela Coral del Orfeón Catalán, que es la encargada de procurar una formación vocal y musical completa a los futuros cantaires del Orfeón.[14]
En el año 1984 fue galardonado con la Cruz de Sant Jordi y el 2006 con el premio Nacional de Música por su actividad de en el año 2005, para renovar y reunir en sus realizaciones corales la escuela y el escenario, ambos galardones concedidos por la Generalitat de Cataluña.
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